MI PAPÁ

“Mi Papá” es el título del relato que me envió María Edna Acevedo Arteaga en relación con el Ejercicio de Escritura n° 42: Día del Padre. ¿Cómo lo festejamos? 

“En un lugar con temperaturas altas casi siempre, es una bendición escuchar, sentir y oler la lluvia, MaríaE se encontraba sentada en la cocina de su residencia, con la puerta que da al pequeño patio, observando la alegría de sus plantas sembradas en materos, cuando reciben cada gota de agua, definitivamente la lluvia le traía recuerdos de momentos vividos en su infancia y adolescencia.

Pero rápidamente sus añoranzas se vieron interrumpidas porque tenía que aprovechar que su pequeña hija dormía para escribirle esa carta de la que ya conocía su esencia pero le faltaba entretejer sus historias de la forma más dinámica, agradable, veraz en lo posible; así se dirigió a la estufa a preparar un rico y humeante café, una de sus delicias preferidas, caminó unos siete pasos, y ya se encontraba en su sala-comedor frente a su computador, escribiendo:

“Mi querida hija, no tuviste la oportunidad de conocer a tu abuelito, por eso quiero describírtelo, él era un hombre de campo y de pueblo, militar, ya sé que es una rara combinación, por un lado podrías imaginártelo sencillo, trabajador, noble y humilde y por otro lado sería violento, autoritario, implacable y astuto; créeme que vi todos esos aspectos en él en muchas situaciones, a mí personalmente me amó mucho, me consintió y aunque nunca estaba seguro, en qué grado de estudio iba, o no conocía mis problemas, lo que sí tenía bien claro era que debía cuidar a sus hijas de los jóvenes que las pretendían, nos amaba profundamente aunque no supiera expresarlo de buena manera.

Cuando estuvo trabajando era muy cumplido con los horarios, muy cuidadoso con   su presentación, sus uniformes eran impecables y obedecía a sus superiores, a pesar de sentirse muchas veces enojado o en desacuerdo, por lo demás sus vicios eran el billar y la cerveza, no perdía oportunidad en su tiempo de descanso para llenarse de polas, de problemas con otras mujeres no supimos nada”.

María E. bebía su café como si quisiera ahogar su nostalgia en cada sorbo. Trató de concentrarse nuevamente y siguió escribiendo: “Cuando se pensionó, se encargó de la pequeña tienda que mamá tenía  en la casa, pero más que un negocio él lo convirtió en un sitio de saludos, charlas, cuentos. Te explico, todos los días se despertaba a las cinco de la mañana, se levantaba y prendía su radio que ya por lo viejo no se sintonizaba muy bien que digamos, pero que, ¡vaya, sí que nos despertaba!

Cuando abría la tienda, siempre tenía allí a su primer cliente, el vecino y mecánico de la casa del frente, quien desayunaba siempre en la semana con un trago de aguardiente, y así continuaba durante el  día,  cada vez que tenía un descanso llegaba a la tienda a contar sus cosas y a beber guaro.

Después su abuelo se ponía a barrer el porche y el andén y a medida que iban pasando los vecinos a buscar el bus para ir a trabajar, él los saludaba  muy amablemente y algo les preguntaba, hasta el más serio o seria, se detenía a conversar un momento; su abuelito era muy sonriente con todos y les  echaba cuentos, les tomaba el pelo, tenía una manera de llegarle a la gente  y de hacerse querer, al menos no pasaba desapercibido. Cuando los niños llegaban a comprar también jugaba con ellos, les decía cosas, les preguntaba bobadas, solo para escucharlos hablar.

Si me preguntas que si el negocio de la tienda era una buena inversión, te diré que para el abuelo representaba puras pérdidas pero era su entretenimiento; a veces en las tardes casi oscureciendo llegaban uno o dos de sus amigos pensionados a jugar dominó, y el abuelo se sentaba a jugar y a beber cerveza. La condición era que el que perdía el juego pagaba la ronda de polas, él sabía jugar pero no siempre ganaba. También tenía sus días, su carácter, y se ponía muy terco, y en algunas ocasiones tuvo discusiones con una que otra persona pero eran muy contadas, otra cosa era en la casa con nosotras, no nos apuraba ni regañaba ni nos mandaba a hacer oficios, esa tarea se la dejaba a mi madre.

Cuando ya los vecinos volvían de sus trabajos a la casa y pasaban por la tienda, entraban a comprar el pan o la leche del desayuno, o una gaseosa para calmar la sed y amortiguar un poco el cansancio de la jornada laboral o se quedaban unos minutos simplemente conversando con él.

Mi madre siempre lo apoyaba, sabiendo que era más oficio para ella,  en domingos, o cuando llegaban familiares de otras ciudades, o en fechas de celebraciones especiales, él  organizaba reuniones familiares, me refiero a la abuela, los tíos, tías, primos y primas que para la fecha estuviesen disponibles y te aclaro, el abuelo no era el adinerado de la familia, al contrario era el pariente pobre, pero tenía un gran corazón y cuando se lo proponía era muy generoso, a él le encantaba tenerlos a todos en nuestra casa,  no sabemos que cuentas le cobraba a los familiares por compartir almuerzo, cervezas, gaseosas, lo cierto es que todos se divertían contando anécdotas, chistes, a veces bailaban y hasta se disfrazaban y hacían representaciones, en eso se apuntaba siempre la tía Lidu, Donaldo y también estaban los discursos politiqueros, por decirlo de algún modo, del tío Pedro. Varios participaban pero ellos eran la chispa.

Puedo por ahora concluir diciéndote que cuando infartó, aun siendo medianoche, llegaron todos los familiares a las urgencias, el desconcierto y la tristeza era muy evidente, la abuela enfermó, mi papá parecía que era hijo de ella, la quería mucho, la llamaba siempre,  y ella correspondía ese afecto.  Los vecinos fueron a la velación y al entierro, su muerte sorprendió porque no era muy mayor de edad, pero créeme que en esa comunidad se le extrañó por mucho tiempo y en la familia aún más. Ellos nos ayudaron en la medida de sus posibilidades, principalmente la abuela, quien fue un gran apoyo para mi mamá.

También recuerdo que en la primera navidad sin él, ya no estaba mi madre haciendo cantidades de hallacas para compartir, ni mi padre llamando a la familia. Mi madre viajó y pasó esa navidad con mis otras dos hermanas, solo estábamos en casa mi hermana mayor, mis sobrinas y yo, fue muy significativo, recibir en el día de navidad la sorpresiva  visita de Donaldo, nosotras nunca olvidaremos ese abrazo de cariño, de consuelo y acompañamiento, las palabras sobraban, el sentimiento hablaba por sí solo,  espero enseñarte a apreciar los detalles de las personas.

Faltan momentos por mencionar hija, solo quiero resaltar estos por ahora”.

Volvió a la cocina por otro café, recordar a su padre la puso triste y feliz a la vez, sabía que había omitido momentos de la vida de don Leonardo, pero hizo su mejor gran esfuerzo.”

María Edna Acevedo Arteaga

 

Quiero agradecer a María Edna el aporte que ha hecho con su bello y tierno relato.

 

 

About The Author

Debora Weller

Como Escritora y Coach de Escritura, se dedica a organizar Talleres de Escritura Temáticos y a trabajar con sus Clientes Exclusivos, a quienes guía y acompaña en el proceso de escritura del libro de sus sueños y/o de su AutoBiografía.

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